La
incertidumbre del siglo veintiuno.
Reflexiones en torno a la psicología del mexicano
Agustín Palacios L.*
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Introducción
El intento de definir psicológicamente al mexicano es
esperar atrapar en palabras una diversidad inasible. Y no nos referimos
solamente a la obvia variedad derivada de una herencia indígena
múltiple. Ni a la influencia de climas y habitats de una riquísima gama,
ni a la huella impresa por migraciones de abigarrada procedencia. El
mexicano es múltiple. El morador de las planicies norteñas, el de las
costas y el de la península de Yucatán, muestra rasgos propios y
dispares uno del otro. Lo mismo ocurre con otros, como el habitante del
altiplano, el de los desiertos y el de las islas. La cadencia con que
emiten el idioma dominante no es la misma; los modismos que emplean, el
alimento tradicional que ingieren, sus danzas propias, su vestuario y sus
características fisonómicas los harían ajenos ni no ocuparan un
territorio compartido. México es, sin lugar a dudas, un mosaico cultural.
Debido a ello, algunos académicos fastidiosos, lo exilian de lo que se
considera una nación. Tal vez el elemento más unificador sea el
cristianismo, y eso si le restamos las paganas trasminaciones del pasado.
La Virgen de Guadalupe, la Tonantzin, provoca manifestaciones populares de
exaltada veneración que no tienen rival en la celebración de las
festividades cívicas pese al despliegue de cohetes, banderas y
borracheras que suele acompañarlas.
Ya lo advirtió con gran lucidez el filósofo Ramos cuando
escribió lo siguiente: |
Es que un conjunto
de accidentes históricos ha hecho anormal nuestra vida, extraviando la
evolución psíquica de los mexicanos por caminos oscuros. El desarrollo
del hombre en la escuela y en la sociedad no ha obedecido a una
disciplina consciente y reflexiva; ha faltado el ambiente de paz y la
tranquilidad de espíritu indispensable para ello. La formación de
nuestro carácter a través de los siglos ha sido un proceso
discontinuo, impulsado por móviles inconscientes. El resultado de estas
anomalías es que se ha falseado nuestro destino, y hoy marchamos
desorientados, tratando de encontrar el verdadero rumbo de nuestra
existencia (Ramos, 1990, p. 149).
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Sesenta y cinco años después de haberse escrito tales ideas podríamos
afirmar lo mismo, especialmente en las adversas circunstancias que
ensombrecen el final del siglo.
Por todo lo anterior se antoja temeridad escribir sobre
el mexicano de ayer de hoy y lo que podemos presuponer del de mañana. Y,
sin embargo, nos proponemos hacerlo apoyados en aquellos elementos que
lucen compartidos; aunque a veces pueda tomarse como artificio conceptual,
dado que en ese perfil compuesto predominarán los rasgos del habitante de
los altiplanos que es el más numeroso y característico.
Por otra parte, la historia de los pueblos y el
comportamiento humano son una repetición temática. Como en las
sinfonías de Beethoven, los primeros acordes anuncian el aspecto nodal
que aparecerá, una y otra vez, sólo con las indispensables variaciones
para que se desarrolle la melodía, pero que resulta fácil de
identificar. En la historia de las naciones y en la tragedia humana
individual lo básico del argumento temático se origina en los inicios y
resurge reiterativamente, aunque los eventos ulteriores lo disimulen. La
observación cuidadosa lo confirma.
Por eso, para comprender el presente, siempre conviene
hurgar en el pasado. De él podremos extraer esos rasgos fundantes tan
tenaces que, como en las sinfonías, se manifiestan, una y otra vez,
aunque puedan aparecer novedosos a quien sólo contempla un fragmento de
la narrativa histórica. Esa tendencia a repetir brota incluso en los
comportamientos más intrascendentes, pero salta a la vista de aquellos
que los observan con lente ajustada para la pesquisa histórica. Por
ejemplo, cuando escuchamos el falsete con que suelen entonarse parte de
algunas canciones populares, especialmente las identificadas con lo
campirano, no resulta aventurado afirmar que reconocemos, a pesar de las
moliendas culturales y al través de los tiempos, el cante flamenco
andaluz y, todavía más lejano, el canto de los moros y el llamado al
rezo que provenía de los minaretes que apuntaron en gran número hacia el
cielo del sur de España durante más de siete siglos. Incluso, es posible
que el grito alegre con que se rematan las estrofas más emotivas de esas
baladas tan nuestras, sea eco extempóraneo de los triunfales aullidos de
combate de las batallas entre grupos de indígenas precortesianos.
Consecuentemente, si hemos de dar sustento a la descripción
de lo que ocurre con los mexicanos actuales, no parece inútil desvío
empezar por el principio. |
| Los
orígenes de la mexicanidad |
En busca del alma
nacional ...yo procuraría interpretar y extraer la moraleja de nuestra
terrible fábula histórica, buscar el pulso de la Patria en todos los
momentos y en todos los hombres en que parece haberse intensificado;
pedir a la brutalidad de los hechos un sentido espiritual, descubrir la
misión del hombre mexicano en la tierra, interrogando pertinazmente a
todos los fantasmas y las piedras de nuestras tumbas y monumentos.
Alfonso Reyes
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- La
Conquista de México es un episodio singular de la Historia Universal.
Contemplado a una distancia desapasionada, ubicados fuera de posturas
nacionalistas de cualquiera índole y vista así desde una perspectiva
más amplia, resulta apenas un episodio épico más del Renacimiento
tardío, un incidente histórico con repercusiones harto unilaterales.
Consecuencia ineludible de aconteceres encadenados desde Galileo hasta
Colón y desde Quetzalcóatl hasta Moctezuma Zocoyotzin; nacidos de la
urgencia de crear y destruir, de amar y odiar, del impulso humano de
ampliar sus fronteras internas y externas, ocurre en el momento justo.
Este episodio cambió para siempre el suceder vital en confines
situados a ambos lados del
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Atlántico y aún más allá. Las culturas se fundieron, los sueños
abandonaron su lugar en la fantasía y surgió, como producto
biológico, un grupo humano nuevo –el mestizo mexicano– que
todavía hoy se debate en penosa lucha por develar su identidad.
Como lo han escrito muchos, el suceso podría haberse
previsto. De un lado estaban los europeos, españoles recién unidos
en un proyecto de nación, embriagados de omnipotencia gracias a la
expulsión de los infieles y a la expansión de su mundo; poseídos de
una visión mesiánica, cegados por la perspectiva de un destino
glorioso bosquejado en los libros de caballería del siglo XVI y, como
resultado de esas enloquecedoras lecturas, esperanzados por encontrar
la riqueza de las legendarias ciudades de Cíbola,, Cipango y otras
fabulosas y el incentivo de seducir a las fálicas amazonas de Calafia
descritas en hipérbole por Joanot Martorell y Garci-Rodríguez de
Montalvo; relatos ditirámbicos que alimentaron los ensueños de
Magallanes, Colón y Cortés. Los españoles, émulos casi un siglo
anticipados a Don Quijote, en su mayoría procedentes de la árida
meseta castellana, prisioneros de una tierra yerma, sometidos recién
libertos, buscaban ubicación en el mundo alucinado de los molinos de
viento y las Dulcineas de pechos generosos. En verdad el conquistador
español fue producto de su tiempo, moldeado y condicionado por las
influencias de su medio y el suceder histórico. Como lo puntualiza
Leonard en Los libros del conquistador... (Leonard, 1953, p.
37).
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la unión de
Castilla y Aragón que acababa de realizarse, había consolidado el
sentido de nacionalidad que se venía incubando desde la prolongada
guerra contra los sarracenos; de forma que cuando cayó Granada en 1492,
España surgió como una de las primeras naciones modernas de Europa.
Coincidió este acontecimiento con la seguridad de que el mundo
habitable –como lo habían probado los descubrimientos de Colón–
era más grande de lo que se pensaba, lo cual determinó un profundo
rompimiento con la Edad Media, o cuando menos el punto de fusión del
Medievo con el espíritu del Renacimiento. Esta súbita expansión de
los horizontes físicos e intelectuales hasta un límite increíble,
unida a la convicción de cumplir un destino como instrumento de Dios en
la gigantesca tarea de cristianizar al globo, liberó una prodigiosa
cantidad de energía nacional y fue un poderoso estimulante de la
imaginación.
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Del otro lado del mar y de la historia estaban los indígenas pobladores
de una Mesoamérica abigarrada, prisioneros de un universo mágico, puntos
suspendidos en el natural devenir entre un principio y un fin cósmicos
que amenazaban con la desaparición del mundo cada 52 años. Ese
territorio estaba dominado por los aztecas que, en poco más de un siglo,
habían logrado sojuzgar a los habitantes de una gran extensión. Pero,
como señala Caso (Caso, 1962, p. 123): |
siempre hay un
sentimiento de pesimismo en el fondo del alma azteca; sabe que, a la
postre, será vencido por su caudillo el Sol; tendrá que sucumbir en
medio de terremotos espantosos y entonces triunfarán los poderes del
mal ... Por eso para el azteca esta vida no es sino un tránsito; y
ese sentimiento de pesimismo y de angustia se manifiesta en su
escultura vigorosa y terrible y también teñido de una profunda
tristeza en su poesía, y así dice:
-
- "Sólo
venimos a dormir,
sólo venimos a soñar,
no es verdad, no es verdad
que venimos a vivir en la tierra”.
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-
Además, Moctezuma estaba influido por el anuncio, hecho por los
adivinos de Netzahualpilli, cacique de Texcoco, de que Anáhuac sería
gobernada por extranjeros. Tal temor parece que se agigantó‚ por
los presagios de la Conquista y, posteriormente, por la aparente
invulnerabilidad de Cortés a la hechicería indígena;
invulnerabilidad que el conquistador, hábilmente, hizo más notable
en sus alardes de esconder sus heridos y muertos para incrementar en
los aztecas la convicción de que eran “teules” o, cuando menos,
vicarios terrenales de los dioses.
Por otro lado, la organización política de los estados
mesoamericanos era inestable; gravados cada vez más por el yugo
azteca apenas contenían la hostilidad libertadora con una aceptación
fatalista de destino que parecería que hemos heredado los habitantes
actuales de ese territorio tan diverso. Cuando llegaron los
españoles, las grietas de ese sistema se habían hecho peligrosamente
profundas; por eso, los grupos sometidos encontraron en el avance de
los españoles la posibilidad de liberarse de una dependencia onerosa.
La organización política de esa vasta zona era muy distante a la de
un verdadero imperio. En realidad una multitud de ciudades-estado
independientes, agitadas por intrigas y guerras, estaba también
desunida por diferencias de lenguaje, dialecto, tipo físico y
economía geográfica. En esa diversidad ancestral se acrisoló la
nuestra del presente.
Tal descripción explica porqué un invasor con una
fuerza suficientemente pequeña para vivir de los recursos que hallaba
a su paso y, por lo tanto, para sostenerse en el lugar, podía tener
un éxito sorprendente. En especial si su líder contaba con exquisita
sensibilidad y propensión a usufructuar la intriga.
Así, los españoles compelidos por su visión mesiánica
a la cristianización de infieles y a la búsqueda de las riquezas
prometidas en la lectura de los libros de caballería, bonanza que su
tierra madre les negó, llegaron al encuentro con los indígenas
expectantes de su inevitable destrucción melancólica. Tal encuentro
sugiere la fusión, en el momento histórico propicio, de dos destinos
con notables similitudes que se habían gestado hacía ya mucho.
Pero es llamativo como este suceso histórico aparece
deformado en el sentir popular del México moderno. La Conquista surge
más llena de emociones que de hechos, y trata de negarla o la
deforma. La historia se convirtió en leyenda. Ya lo dice
- Paz
cuando sintetiza el choque cultural con sus dos seres representativos
(Paz, 1997, pp. 95-96):
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la extraña
permanencia de Cortés y de la Malinche en la imaginación popular y en
la sensibilidad de los mexicanos actuales revela que son algo más que
figuras históricas: son símbolos de un conflicto secreto, que aún no
hemos resuelto. Al repudiar a la Malinche –Eva mexicana, según la
representa José Clemente Orozco en su mural de la Escuela Nacional
Preparatoria–, el mexicano rompe sus ligas con el pasado, reniega de
su origen y se adentra sólo en la vida histórica.
El mexicano condena en bloque toda su tradición, que es un conjunto de
gestos, actitudes y tendencias en el que ya es difícil distinguir lo
español de lo indio. Por eso la tesis hispanista, que nos hace
descender de Cortés con exclusión de la Malinche, es el patrimonio de
unos cuantos extravagantes –que ni siquiera son blancos puros–. Y
otro tanto se puede decir de la propaganda indigenista, que también
está sostenida por criollos y mestizos maniáticos, sin que jamás los
indios le hayan prestado atención. El mexicano no quiere ser indio, ni
español. Tampoco quiere descender de ellos. Los niega. Y no se afirma
en tanto que mestizo, sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve
hijo de la nada. El empieza en sí mismo.
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Muchos han estudiado el origen de tal deformación. Lo cierto es que el
mestizo, que es el mexicano predominante, fue, como lo dijeron Parres y
Ramírez (1960, p. 49): |
En Nueva España
el mestizo fue resultado de la unión de varones con mujeres indias,
aunque en algunos casos fue a la inversa. La apreciación de las mujeres
indígenas por los españoles fue esencialmente negativa; el español
tenía en alta estima lo que había dejado del otro lado del Atlántico
y no podía encontrar en la tierra conquistada. Admiraba el olivo, los
animales domésticos (como el caballo), las uvas, las mujeres españolas
y todo lo que simbólicamente representaba su pasado. La mujer era un
ente degradado y .devaluado porque se identificaba con lo indio. Esta
polaridad (masculino-femenino, activo-pasivo) tiene en nuestra cultura
un papel muy significativo y dramático.
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Tal “malinchismo”, nuestro pertinaz aprecio por lo ajeno, sigue bien
presente; hace ya tiempo que dejó de ser un anhelo exclusivo por lo
español, hará un siglo que fue lo francés y hoy predomina lo
estadounidense.
Es difícil encontrar algún mexicano que no manifieste con
exaltación sus opiniones sobre esos temas. Para casi todos Cortés fue un
canalla que mancilló la mexicanidad y la Malinche es, desde siempre,
símbolo de la traición, de la entrega apóstata, de lo degradado. Su
permanencia en el inconsciente colectivo del mexicano no sólo se debe a
que personificaron a las dos culturas del encuentro gestador, sino, más
profundamente, al simple hecho de que su apareamiento y su pertenencia a
los dos sexos los hace claros representativos del drama edípico
universal, pero esta vez con características bien locales, un Layo
peninsular y una Yocasta náhuatl.
Hace muchos años nos adentramos en los detalles de estos dos
personajes y en su riquísimo resonar en el alma mexicana (Palacios, 1965,
pp. 7-53).
No es pertinente la descripción de sus vidas, su gesta ni su
fugaz relación. Pero sin duda ellos son, para el mito, los padres del
primer mestizo, Martín Cortés, participante de un complot prematuro para
conseguir la independencia, que resultó abortivo. La
realidad es otra. Hasta donde se sabe los primeros mexicanos, es decir,
los noveles miembros de esa especie ontológica, fueron los hijos de un
tal Gonzalo Herrero y la hija de un cacique de ascendencia maya; ese
náufrago, avecindado en Cozumel, abdicó de su lealtad patriótica en
favor de su apego paternal cuando, al pedirle que se sumara al ejército
español que venía de la isla de Cuba, replicó: “Yo soy casado, tengo
tres hijos y soy cacique y capitán cuando hay guerras. Idos con Dios, que
yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí
desde que me vean ir de esta manera! Y ya véis a mis hijitos cuán
bonitos son”. Este hombre es popularmente menos renombrado de lo que
merece.
Cortés y Malinalli Tenepal, España y México en los albores
del siglo XVI. Dos biografías de destacados personajes del choque de la
obsidiana y el acero, dos proyectos de nación que se confundieron y, sin
proponérselo, aportaron sus características singulares para crear a un
sujeto que parece suspendido en la Historia. La unión que los dos
personajes del mito encarnan y las veleidades de las cosmovisiones de
ambos litorales del Atlántico, dieron origen a ese mexicano de quien
tanto se ha escrito y del que tan poco sabemos. |
Los
siglos acrisoladores de los rasgos característicos
Cuanto
más orgulloso
y consentidos triunfos,
más ufano el ibero sañoso,
tanto ¡hay! en la opresión cargó la mano
que el Anahuac vencido
contó por siempre a su coyunda unido.
Andrés Quintana Roo
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Los tres siglos de sujeción colonial determinaron, en buena medida, los
destinos sociales, políticos y psicológicos de ese grupo nuevo y
singular. En el abrazo que dio origen al mestizo, la mujer se entregó
acompañada de un sentimiento de culpa por sentirse traidora a su cultura
aunque admiradora de las cualidades de su penetrador, las que sí tenía y
las que, proyectivamente, le habían depositado los vencidos. Esas hembras
morenas, educadas para obedecer sin reparo, se convirtieron en un objeto
para la satisfacción, con frecuencia transitoria, de las necesidades
carnales de un varón ajeno a su intimidad. El español anhelaba todo
aquello que, por distante, se agigantaba en valor. El hijo de esos
primeros años de la Colonia, como el concebido durante la marcha triunfal
de los conquistadores, no era considerado como una extensión del padre,
prolongación que cimenta la identidad, nutre la autoestima masculina e
incrementa el anhelo de fusión futura con una mujer en términos justos;
cosa que si ocurrió con los criollos, años después, cuando empezaron a
inmigrar mujeres españolas. El niño mestizo era visto con ojos culpables
por su padre y, cuando lo reconocía y formaba, lo hacia más compelido
por un sentido del deber moral que por ese amor paternal que no puede
impostarse.
El niño mestizo se encontraba escindido. Criado con el
estímulo cotidiano de una mujer morena, de dulces acentos indígenas, con
quien se apegaba aunque más tarde despreciaba en su inconsciente por
verla sometida e incapaz de retener a ese padre idealizado de hablar recio
y de rostro pálido y rasposo.
En esa dialéctica en el otro polo de la relación básica
estaba ese padre admirado por su hegemónico lugar en la estructura
social, pero profundamente distante en el afecto y en la presencia
física. El niño le admiraba, intentaba infructuosamente imitarlo y
sentía, al mismo tiempo, un profundo rencor, sentimiento que erosionaba
la identidad masculina, fenómeno éste generador de actitudes machistas.
Cuando no se consigue la verdadera hombría hay que gesticularla; cuanto
más severa la carencia más exagerado el alarde disimulador. Por eso,
como lo apuntó Santiago Ramírez (1959, p. 50): |
- el mestizo va a
equiparar paulatinamente una serie de categorías: fuerza, masculinidad,
capacidad de conquista; predominio social y filiación ajena al suelo,
va a cargarse con un fuerte signo masculino. Debilidad, femineidad,
sometimiento, devaluación social y fuerte raíz telúrica serán rasgos
femeninos e indígenas.
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- El
goce sexual en la mujer nativa, ya de suyo coartado por las normas de la
cultura original, se inhibió aún más porque la unión no era para ella
corolario del amor y congruente con sus tradiciones, sino que se
percibía rebajada a ser como una cosa, un objeto de uso, apenas algo
mejor que la buscadora devaluada de los grupos indígenas. A veces,
cuando escuchamos la expresión común que empleaban las mujeres de
procedencia campesina para referirse a las relaciones sexuales: “el uso
que mi señor hace de mí”, nos parecía encontrar ecos de ese drama íntimo
que se repitió tantas veces. Para el niño mestizo la sexualidad estaba,
desde el principio, claramente diferenciada: en la mujer era reprobable
porque a despecho de haber recibido de una mujer la vida, estaba marcada
por la humillación, el abandono y el sadismo; pero con expresiones
agresivas, de promiscuidad, de irresponsabilidad y no con los matices de
ternura e intimidad genuina que elevan la sexualidad a la mejor de las
categorías humanas. La mujer era valuada en tanto madre y despreciada
como mujer. Esas identidades en conflicto y perpetua desarmonía han
resistido el paso del tiempo y se manifiestan en la mayor parte de los
ámbitos de la vida nacional aunque, por fortuna, van decreciendo. La
mujer debe ser un ejemplo de abnegación, de asexualidad y, al mismo
tiempo, debe mostrar una maternidad que raya en lo sublime. El hombre ha
de ser, antes que todo, macho, con todas las implicaciones que tal
vocablo encierra.
Es confirmador de nuestras hipótesis psicohistóricas que, lo largo
de nuestra accidentada trayectoria, el único momento de la vida de
México en que la mujer resultó exaltada como tal fue durante la
Revolución. Las Valentinas y las Adelitas son hembras antes que otra
cosa. La participación de las mexicanas en escaramuzas guerreras
anteriores no resaltó en la imaginación popular como, por ejemplo, el
espléndido sistema de aprovisionamiento que integraron durante la
batalla del Cinco de Mayo. Tal vez la mutación de la conducta se debió a
la expulsión del autoritario padre afrancesado que permitió al hombre,
aunque tan sólo fuera por un momento, abandonar su postura de hijo
crónico.
Pero ayer y, en gran medida hoy, la definición generalizada de los
papeles a desempeñar por la pareja es muy precisa. La mujer idealmente
debe ser una madre abnegada, fecunda, uncida en sacrificio al esposo y
los hijos y suele ser el pivote de la familia.
El hombre, con todo su machismo, es un satélite y rivaliza a menudo
con los hijos que le recuerdan y repiten haber tenido que compartir a su
madre con muchos hermanos. Esa relación de las familias y los roles
individuales se gestaron en la molienda de la Colonia, especialmente en
sus años iniciales.
Cierto es que nuestro país no es un todo uniforme, ni en su
geografía, ni en su lenguaje, ni en sutiles diferencias culturales y,
sin embargo, en sus aspectos psicológicos ostenta rasgos comunes que lo
singularizan. Cuando contemplamos el mapa no dejamos de asombrarnos; en
su compleja conformación resaltan las mesetas áridas, gris blanquecino,
piedra, polvo y dolor de indígena y mezquite que son casi antípodas del
verde casi impenetrable de las selvas tropicales, llenas de olores y
murmullos. En los curvos contornos bañados por el mar de adentro y el de
afuera resbalan en las azules aguas extensos litorales separados del
cuerpo principal de la Patria por barreras montañosas que se antojan
infranqueables. Los desiertos del norte, allí donde el sol y el cactus
se abrazan en ardiente maridaje, parecen tan ajenos a la montaña, esas
cumbres que rematan casi invariablemente el paisaje conjunto. Y, en el
centro de todo, como gigantesco nido de águila, surge la corona del
altiplano, hoy y ayer, asiento fundamental de lo que es
característicamente nuestro.
Tal diversidad de paisajes, como puede suponerse conforma
variaciones en el comportamiento humano. El hombre de las costas suele
ser más alegre y optimista, quizás porque le resulta menos difícil el
sustento. El hombre de los altos, agrietado el rostro por la brutalidad
de los vientos y los soles, tiende a ser reservado, como si las montañas
se hubieran reflejado en las barreras de la interioridad. El hombre de
los desiertos y llanuras es áspero, luchador y difícil de sojuzgar, las
áridas condiciones se lo exigen. Pero el mexicano, cualquiera su raíz
autóctona, sea la que sea su ubicación, fue modelado en los aconteceres
del encuentro del principio del siglo XVI. Pero también en esa épica el
altiplano fue el escenario principal; en sus montañas retumbaron los
ecos del choque de la piedra y el metal; en sus valles se sintieron las
pisadas ruidosas de los caballos y los gritos de tantos hombres que, sin
proponérselo, escribían nuestra historia; en sus lagos se vertió por
igual la sangre indígena y la española, su cielo transparente se
impregnó del llanto, de aquél de una cultura que agonizaba en prematuro
ocaso y el llanto del niño mestizo que nacía.
Antes sugerimos que las dos culturas del encuentro que gestó la
mexicanidad tenían similitudes. Las más notables se hallaban en los
estilos de crianza y en la delimitación de los roles que cada sexo debía
cumplir. La moral cristiana que matizaba los estilos españoles no era
muy distinta de las normas impuestas por la tradición indígena. De ahí
que una cultura y la otra se reforzaron mutuamente. La sobreposición de
las religiones, ingeniosa creación conjunta de misioneros y feligreses
debutantes, coincidió con la suma y acentuación de las normas morales.
El impacto de la Conquista indudablemente alteró de manera cruenta las
estructuras sociales indígenas y, en su brutalidad y su heroísmo, forzó
la creación de nuevos moldes culturales en los que lo español asumió el
lugar dominante y lo indígena la sumisa, pero tenaz persistencia. Al
encontrarse los dos antagonistas del drama fundante, antes aún de que
viera su ocaso el Quinto Sol, ya se había iniciado, en los descansos de
la campaña, la mezcla humana que nos explica mucho de ese enigma que es
el mexicano.
Hace tiempo intentamos resumir el panorama psicológico profundo de
los rasgos predominantes de la mexicanidad generalizable y como se
acrisola. Hoy nos toca reafirmarlo, reiterando al hacerlo, ideas que nos
antecedieron.
Tanto en el pasado como en el medio rural de hoy se tendió a dar
una relación temprana madre-hijo intensa, básica, tierna que,
indudablemente, explica muchos de nuestros valores más positivos. Por
desgracia, muy a menudo esa relación es anormalmente fijadora porque la
mujer intenta satisfacer con el hijo necesidades acalladas debido a su
escasa realización como persona en lo sexual y en lo social.
Esa temprana relación suele interrumpirse dolorosa y prematuramente
casi siempre por el advenimiento de un nuevo embarazo; tránsito
traumático de un paraíso de gratificaciones a un infierno de privaciones
materiales y afectivas.
La participación del padre en la vida infantil es marginal, sea
porque el hombre se orientó emocionalmente fuera del ámbito hogareño o
por abandono real. Ese padre ausente, con apetitos sexuales dirigidos
fuera de su pareja, también sirve de ejemplo; el varón sentirá el anhelo
de una figura fuerte e integradora que no encontrará, la niña tendrá
anhelos y resentimientos contra ese hombre prototípico y no tendrá otra
alternativa que la identificación con su madre, recibiendo en esas
lecciones tan trascendentales el sentimiento de inferioridad que, a su
vez, intentará compensar con su maternidad. El niño consolidará una
identidad masculina endeble y copiará las actitudes caricaturizadas de
hombría de ese padre lejano para intentar librarse del vínculo
identificatorio con su madre que es su figura parental más constante y
confiable. Lo más genuino de la escenografía del hombre mexicano es su
papel de hijo y, como tal, se comporta en la relación con la mujer
permanente; de ella espera la comprensión y tolerancia de una madre
mientras intenta reasegurar su masculinidad con otras.
La ambivalencia, el doble sentir del mexicano hacia muchos aspectos
de su mundo psicológico es bien notable. En lo sexual, en lo
concerniente a esa doble imagen de la mujer: la madona y la hetaira, la
madre que abandonó muy pronto, la riqueza lexicográfica de nuestro
vocabulario es prodigiosa. Tanto que desafía la imaginación de los
filólogos extranjeros. El sustantivo madre adquiere polisemias de
malabarismo conceptual. Como insulto es provocador de riñas y como
calificativo puede denotar lo más sublime y lo más despreciable.
La madre es la figura central indisputable de nuestra veneración
privada y pública. El diez de Mayo, con su despliegue de regalos, de
flores, de despertares con la música de la canción popular “Las
mañanitas”, a veces para que la vieja se levante a cocinar ricos
platillos para sus polluelos, se manifiestan a todo lo largo y ancho de
nuestro suelo. En el cielo mexicano, la madre también ocupa el lugar
central. La Guadalupe, virgen que fuera de indios y que, en virtud del
milagro de hacer que una inundación de la ciudad de México cediera ante
su presencia, se convirtió en la patrona del país, es la figura
religiosa más importante. Esa imagen religiosa para el mexicano es la
representación de lo que ocurre en su universo psicológico. No es una
virgen venerada en su propio derecho místico solamente; es una madre
poderosa hasta la divinidad, benigna hasta el consentimiento más absurdo
y generosa hasta el milagro más personal. Como ya señalamos, las
manifestaciones de adoración que se despliegan el 12 de Diciembre casi
siempre rebasan el respeto litúrgico, pero son presencia de un factor
unificante nacional. Es llamativo cómo imagina el mexicano ese cielo
religioso propio, es una cándida proyección de su terrenal realidad
psicológica. Si la madre, en este valle de lágrimas, es la presencia
dominante, lo mismo debe ocurrir en los cielos. Por eso, en los rezos,
se asume que Jesucristo debe comportarse como un buen hijo mexicano; las
oraciones se dirigen a la madre para que interceda ante el hijo que no
podrá desobedecerla. El creyente mexicano se permite toda clase de
pecados sin sufrir graves remordimientos porque, con sólo llevar unas
flores e invocar, en los rezos, la generosidad inagotable de la madre de
Dios, todo quedará saldado. A Dios padre sólo lo conocen los curas.
Cuando México dejó de ser la Nueva España, liberación favorecida
porque la Vieja había sido derrotada e invadida por los ejércitos
franceses; lucha sangrienta cuyos testimonios quedaron grabados en los
“Desastres de la Guerra” de Goya. El virreinato se quedó sin rey y la
Madre Patria estaba gobernada por José Bonaparte, “Pepe botella”, de
modo que las obligaciones de obediencia y el temor de que desembarcaran
ejércitos de refuerzo para los que ocupaban el territorio, disminuyó.
México ingresó a las filas de las repúblicas pero el país quedó
desorganizado al final de la lucha por la independencia. Los individuos
educados, criollos o mestizos, “curas o licenciados”, eran pocos. La
estratificación humana que pronto volvió a expresarse, reprodujo con
mucho la colonial.
La porción superior de la escala social la ocupaban los criollos,
la media los mestizos y la de abajo, los demás, especialmente los
indios. Después de casi dos siglos de vida independiente, justo es
decirlo, el panorama ha sufrido pequeñas modificaciones. Pero hoy
todavía tener la piel clara es ventajoso. Sí se tienen definidos rasgos
indígenas, el ascenso social se hace penoso; hay que ser excepcional
para lograrlo, como Juárez, Porfirio Díaz, Nabor Carrillo, Ignacio
Chávez y unos cuantos más.
El conquistador español no vino para quedarse sino para explotar al
máximo los recursos humanos y materiales. Lo valioso se iba del otro
lado y lo valuado venía de allá. Los españoles y los criollos del
virreinato, al ser dueños de casi todo, dominaban y los varones solían
tener serrallos que luego se continuaron en las llamadas “casas chicas”
que están viviendo sus últimos momentos gracias al desarrollo, a la
distribución más generalizada de la pobreza y a la liberación femenina
de las ciudades.
En el siglo pasado los poderes políticos quedaron en manos de los
plebeyos en casi toda Europa y en la mayor parte de las Américas. Las
burguesías enriquecidas e ilustradas suplieron a las monarquías. Lo
mismo ocurrió aquí, pero preservando las jerarquías sociales. En la
guerra de independencia los indios y los mestizos combatieron tenazmente
mientras que los criollos dirigieron, al menos en su mayor parte. Al
terminar el fragor de los combates y al intentarse, con grandes
dificultades, una nueva organización política, las diferencias sociales
volvieron a manifestarse y, en buena proporción, aún hoy siguen ocupando
el lugar que su destino colonial les deparó. Ciertamente que el número
de mestizos ha aumentado enormemente y el de los indios disminuido en
proporción. También se ha diversificado la sangre común con el aporte de
algunas migraciones de diversa procedencia. Aunque, por razones
históricas obvias, la xenofobia es ambivalente y generalizada.
Durante los primeros decenios de vida independiente, el desorden
era tal, que un audaz criollo veracruzano renegó de la proclama
republicana y se convirtió en “Alteza Serenísima”. Es posible que su
esquema político en realidad correspondiera mejor al contrato social
implícito que la estratificación humana y el botín de los poderes que se
heredaron y que se fueron acomodando a las nuevas circunstancias México
ha sido, a lo largo de los años, un remedo de república democrática con
división tripartita de funciones. Sea como sea, López de Santana gobernó
largo tiempo hasta que perdió más de la mitad del territorio. Tan
terrible pérdida, seguida de otra invasión y un efímero imperio, nos
dejaron de herencia un sentimiento de inferioridad bien compartido.
La influencia extrajera nunca ha dejado de sentirse y se expresa en
la pertinaz autodenigración que, si ya existía en el mestizo, se acentúo
en todos al constatar que somos capaces de ganar algunas batallas, pero
ninguna guerra, ni siquiera la de conquista de una identidad nacional
bien precisa.
El mexicano tiende a ser un gran gesticulador, a veces con extremos
miméticos, de lo extranjero. Hemos sido, sucesivamente, seudohispanos,
seudofranceses y seudoestadounidenses y, gracias al peso de nuestra
trágica historia, no hemos podido dejar de ser seudomexicanos. Como lo
dijera casi como anatema el recién desaparecido Octavio Paz, el Don
Nadie español prohijó a ninguno.
Samuel Ramos, el primero que intentó definir psicológicamente al
mexicano, le dio el lugar central al sentimiento de inferioridad y
consideró que la personalidad de este peculiar ente ontológico era
resultado de las reacciones para ocultarlo.
Al consolidarse el país, primero por las leyes de Reforma y luego
por el apaciguamiento forzado de los grupos indígenas que se negaban a
deponer las armas, la mano fuerte del dictador se dejó sentir y entramos
en un largo periodo de paz integradora. El perfil del
mexicano correspondía al que hemos bosquejado en las páginas precedentes
y que sigue siendo la esencia de lo que somos.
La segunda gran revolución, apenas un siglo después de la primera,
sirvió para librarnos del grillete del despotismo, sólo que esta vez no
nos lo habían colocado en ultramar sino en Oaxaca.
Esta contienda fue un estallido maníaco y terrible, desenlace de
añejas frustraciones y deseos incumplidos. Cuando el dictador decidió
abandonar el país, cargado de años y adolorido por una infección dental
que le ablandó todavía más el viejo espíritu luchador, la pelea se
expandió. Cada facción reclamaba su parte y el fratricidio alcanzó
proporciones descomunales. Aquí los mestizos se
pusieron al frente de los ejércitos. Lo hicieron urgidos por conseguir
un reacomodo social que, a la larga, resultó infructuoso porque
desembocó en un mero cambio de propietario de los privilegios.
Durante esos años dramáticos se realizaron migraciones masivas;
muchos de los terratenientes fueron asesinados y sus familias pasaron a
engrosar las burguesías urbanas. Pero los campesinos desplazados por el
furor de la contienda también buscaron refugio en las ciudades sumándose
a los “pelados” que ya eran numerosos.
En la Revolución de este siglo los rasgos de personalidad de los
hombres se acentuaron, pero los de las mujeres se atemperaron; los
machos se hicieron más machos, pero las hembras menos sumisas. Poco a
poco la calma reapareció. Un nuevo déspota visionario trocó la tiranía
personal en dictadura de partido. Al ver que varios líderes todavía
andaban como queriendo pelear, los organizó en una cofradía y a cada uno
le asignó su tajada. La sociopatía se institucionalizó y el poder, por
lo menos, se repartió entre muchos. Cada sexenio la escena se repite y
una banda rebarajada se apodera del país, no para servirlo sino para
esquilmarlo, siguiendo el ejemplo de los encomenderos y las cortes
virreinales que les precedieron.
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Continúa
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