El ingreso en la modernidad
                                                                    
Patria : tu superficie es el maíz,
tus minas el palacio del Rey de Oros
Y tu cielo las garzas en desliz
y el relámpago verde de los loros.
El niño Dios te escrituró un establo
y los veneros de petróleo, el diablo.

Ramón López Velarde

En cierta sincronía con el resto del orbe, México ha sufrido notable transformación durante este siglo, especialmente a partir de la Segunda Guerra Mundial. Poco a poco dejó de ser rural y candoroso. Aquel mexicano prototípico dormido abajo de un gran maguey, con la cara cubierta por un ancho sombrero de petate, hace ya rato que se desperezó y se diluyó en las multitudes urbanas.
Al principio del presente siglo la población estaba conformada, en su mayor parte, por una gran masa campesina, iletrada y sometida al arbitrio de los terratenientes. El sistema político, autoritario y patrimonialista, derramaba sus favores en la clase privilegiada y consideraba a las mayorías, desde la perspectiva del castillo de Chapultepec, como infame mano de obra de bajo costo. El dictador, a despecho de su procedencia indígena casi pura, se fue blanqueando con una pátina europea conforme transcurrieron sus largos años de mandato. En consecuencia, ese México se hallaba dividido en dos países territorialmente convivientes: la facción extranjerizada que todo lo tenía y la que ostentaba sus genes autóctonos, que carecía de casi todo. Tal estratificación social varió poco después del catamenio revolucionario, reivindicación de ancestrales despojos y hondos resentimientos largo tiempo ocultados con la fachada depresiva de un pueblo aguantador como pocos.
El panorama humano que era dable observar durante la Colonia, no se alteró en lo sustancial, sólo que ahora blancos y prietos compartían la misma nacionalidad. Tal vez la Revolución aceleró la expansión de las clases medias y logró indudables mejoras en los derechos de las clases trabajadoras. Las tiendas de raya se cerraron, a lo mejor para ser ocupadas por los sistemas crediticios pero, lamentablemente, con el correr de pocos años, las aguas de la inequidad reconocieron de nueva cuenta los cauces trazados durante el largo virreinato.
Cierto es que la violenta sacudida social, la intromisión extranjera en Veracruz y la humillante e inútil persecusión de ese héroe popular que fue Francisco Villa, hicieron aflorar un espíritu nacionalista que intentó restituirnos la mitad negada de nuestra identidad: la indígena, con ánimo más idealista que pragmático. No bien se dejaron sentir en el ánimo los afanes de los intelectuales post-revolucionarios, los mexicanos empezamos a hinchar el pecho con el orgullo de ser descendientes de Quetzalcóatl y Cuauhtémoc; pero los indígenas siguen viviendo en condiciones apenas distinguibles de las del siglo XVI. Tal vez las diferencias más ostensibles de esas condiciones se observen en la posesión de un radioreceptor barato, el disfrute de servicios sanitarios de poca monta y en el sonido de las máquinas que resuenan en las lejanas carreteras o que, por encima de los pájaros, se ven pasar bajo las nubes altas con destinos inimaginables o por las sierras mecánicas que talan inmisericordes los bosques ancestrales. Las modificaciones fundamentales del país podrían, para sobresimplificar, reducirse a los cambios en las fuentes de ingreso y en los lugares de residencia. Un incipiente desarrollo industrial y una centralización aún mayor de los recursos y servicios, contribuyeron a que la mayor parte de los habitantes tuvieran que despojarse de los ropajes tradicionales y se dirigieran a los centros urbanos.
A principios de la quinta década, los mexicanos moraban, e una gran proporción, en las zonas rurales; el resto vivía en ciudades de dimensiones modestas. La mayor de ellas apenas rebasaba los dos millones de habitantes, cifra todavía compatible con condiciones de vida aceptables. Ninguna otra ciudad contaba con un millón de habitantes.
Tal distribución poblacional, como es de suponerse, permitía preservar los estilos de crianza, la conformación de las familias y los sistemas relacionales. Ese mexicano cuya psicología fue descrita por Samuel Ramos y luego plasmada en los pincelazos de la prosa magnífica de Octavio Paz, acomodaba bien a un estereotipo generalizable que se ha repetido hasta el hartazgo en escritos de las más diversas facturas. Se trata, si se nos permite una osadía con fines descriptivos, de los personajes caracterizados en los filmes producidos durante los primeros decenios de la cinematografía nacional.
Hoy día el panorama humano luce distinto. La población es, predominantemente urbana y un treinta por ciento se aglomera en tres megalópolis. Las ciudades que exceden del medio millón son numerosas. Todas, o casi todas, se encuentran circundadas por los cinturones de miseria que albergan a los depauperados que fueron expulsados por un campo yermo y aquellos miserables que la sociedad va orillando a las márgenes de su marcha implacable.
Los niveles educativos si han mejorado. Tal vez sea ésta el área donde mejor se cumplieron los propósitos revolucionarios. El analfabetismo ha disminuido a ojos vistas y los egresados de instituciones de enseñanza superior son multitud. La educación universitaria y técnica profesional casi gratuitas han engrosado las clases medias y mejorado sus condiciones de vida. Esas mal definidas clases han resultado importantes beneficiarias de los sistemas políticos imperantes en los últimos setenta años; tal vez influya en ello que los gobernantes han procedido en buena parte de ese sector demográfico.
Por otra parte, si se contempla a fondo y sin apasionamientos, se llegará a la conclusión de que la estructura política se ha modificado muy poco desde que fuimos colonia española, tal vez antes. Hay un tercer barrunto de democracia, pero el sistema continúa siendo autoritario y cleptocrático. Si acaso algo ha variado es el monto de lo usufructuado que ha convertido, de nueva cuenta, a unos pocos en dueños de casi todo. Sólo que ahora no son latifundios ni cascos de hacienda con cursis pretensiones versallescas; hoy son instituciones financieras, comercios, industrias e intercambiarios de productos, los lícitos y los otros. La magnitud de la rapiña se va acelerando y el ecocidio egoísta e irresponsable no encuentra freno.
La corrupción endémica, aunada a la pobreza de las mayorías, desemboca en rabia, desesperanza, contagio y actos delincuenciales que no son castigados, salvo en los sujetos más desprotegidos.
Los avances de la Medicina han contribuido, en buena medida, a modelar la estructura de la sociedad moderna y sus costumbres. Al duplicarse en nuestro país los promedios de vida en este siglo y lograrse el voluntario control de la fertilidad –cuando menos en los sectores mejor informados– el crecimiento de la población se hizo explosivo y los estilos de nupcialidad, las costumbres sexuales y los sistemas familiares se modificaron. Durante la primera mitad del siglo que ya casi termina, la mayor parte de las parejas estaban libremente unidas y el abandono paterno era hecho común. La Revolución, al eliminar a casi el diez por ciento de la población, dejó muchos huérfanos. Ser bastardo era cosa normal en las clases pobres y motivo de escarnio y vergüenza entre las llamadas gentes de bien. En la actualidad los matrimonios sancionados por la ley son lo más habitual y la ausencia del padre tiende a ser resultado del divorcio, pero no suele ser total.
En los cuarentas la situación cambió. La sociedad se transformó tan rápido que nos cogió a casi todos por sorpresa. Todavía en los treintas la ciudad de México era cómodamente recorrible a pie. Había muchos baldíos y espacios enormes entre el centro y los suburbios. Ir a Xochimilco era un grato paseo dominguero que las familias realizaban en tranvía. Pero se consideraba un viaje. El campo rodeaba a la zona urbana y se sembraba maíz en zonas donde pocos años después se construyeron residencias; los chicos jugaban a la pelota en terrenos abiertos que pronto dejaron de serlo y encontraban renacuajos en las charcas que dejaban de herencia los aguaceros torrenciales de los meses de vacaciones escolares. En las calles transitaban pocos automóviles y, en cambio, en las barriadas se veían pasar muchas personas con los pies descalzos que vendían animales o artesanías o buscaban ocupación en el servicio doméstico de quienes podían pagar sus modestos precios. Las viviendas y las calles de los barrios menos encopetados, aquellos que mostraban todavía su pasado colonial, se llenaban por las mañanas de los pregones y los cantos de vendedores ambulantes que traían toda clase de productos a domicilio. Por las noches, el olor de los tamales todo el año y, en invierno, el humo de los braseros cocinando castañas impregnaba el ambiente. El silbido del carrito de los camotes en piloncillo aguijoneaba el apetito de sus moradores. Muchas de estas escenas, sonidos y olores han desaparecido. Se conservan en provincia y en zonas proletarias de la gran ciudad, pero ya menos y todos usan zapatos.
El golpanazo social de la revolución hacia que las “gentes de bien” exclamaran su nostalgia en privado cuando censuraban la invasión de “pelados” diciendo, entre suspiros: “cuando la gente era decente y Don Porfirio presidente”. Añoraban a los funcionarios públicos vestidos de etiqueta en las ocasiones solemnes y les inspiraban temor los nuevos diputados, sobre todo al principio de los treintas, que, recién salidos de la guerra, se vestían de chamarra y llevaban pistola.
Pero todo cambió. Los payos y los catrines se mudaron de ropa y hoy, en la enorme ciudad, se conocen como “nacos” y, delatando la influencia predominante, “gente nice” respectivamente.
En México, a diferencia de los países industrializados, la mujer siempre tendió a contribuir en el ingreso familiar. Aunque, tradicionalmente, sus actividades remuneradas no la alejaban del hogar. Las artesanías suelen hacerse en el confín doméstico y, por tanto, permitían que las madres continuaran cumpliendo las funciones históricamente sancionadas. La sociedad mexicana siempre fue matrilocal. Hoy día en cambio, en el ámbito urbano, la mujer suele verse forzada a laborar fuera de su casa, ya sea para sostener a su familia, para incrementar el magro presupuesto o para satisfacer respetables anhelos de desarrollo personal. En consecuencia, aquel cobijo del rebozo que se prolongaba a todo lo largo de la temprana infancia y aquel omnipresente pecho moreno proveedor de blanca tibieza nutritiva han sido suplidos, en muchas familias, por la guardería, el inconfiable maternaje de personas surrogadas y el biberón lleno de un líquido salido de plantas de productos químicos, con frecuencia de marca trasnacional.
En los años inmediatos a la terminación de la “feria de las balas”, el futuro se antojaba promisorio. Se perfilaba un proyecto de nación más justo y más amable. En el presente, neoliberal y empobrecido en más de un aspecto, la visión del siglo que se asoma surge preñada de incertidumbre. La decepción por lo logrado después de tantos muertos, tantas viudas, tantos huérfanos y tantas esperanzas fallidas, se sumó a los muchos fracasos y pérdidas que los mexicanos ya llevábamos a cuestas.
Si a todo lo anterior, que ya es mucho, le sumamos los fenómenos generales que afectan a la especie humana contemporánea, hemos de observar, como su inevitable consecuencia, que el perfil del mexicano del fin de siglo se ha modificado respecto del que predominaba en su paisano de años atrás. Este cambio es mucho más ostensible en los habitantes de las grandes ciudades.
La celeridad de los sucesos del mundo actual y su inmediata trasmisión por los medios de difusión masiva, han convertido en relativos valores que parecían inamovibles. El hombre de hoy, varias horas del día consumidor de lo proyectado en su receptor de señales televisadas, sufre un bombardeo de estímulos de tal magnitud que carece del tiempo para digerirlos; aun los de mayor trascendencia. Para defenderse, el ego humano ha tenido que eregir barreras y se ha tornado en poco sensible.
A partir de la Revolución Industrial, a la que llegamos tarde, se fueron dando, poco a poco, modificaciones en las relaciones familiares que se hicieron bien notables en la segunda mitad de este siglo. Cada vez se observa mayor igualdad y roles menos definidos en las parejas. La emancipación de la mujer, si bien dista mucho de ser suficiente, es manifiesta; cada vez se han ido observando mayores signos de equiparidad legal y una más activa participación de la mujer en los mercados de trabajo.
En México, según aparece en datos recientes, en los últimos cuarenta años, la población femenina económicamente activa –fuera del hogar– creció un 316 por ciento más que su contraparte masculina; pero son muy pocas las mujeres que han ocupado puestos gerenciales, ejecutivos o en las dirigencias de organizaciones de todo tipo. En los sectores más desfavorecidos, especialmente entre los indígenas, las cosas no han mejorado mucho; hay tres mujeres analfabetas por cada varón y, entre los indios, el cincuenta por ciento de las mujeres mayores de 15 años no saben leer ni escribir; en consecuencia, no tienen acceso a empleos razonablemente remunerados ni pueden considerarse miembros participativos de la sociedad en que se encuentran insertas. En la ciudad de México se observa, en zonas residenciales, el espectáculo bochornoso de las “Marías”, con sus vestidos multicolores, sus enormes senos y su cortejo de niños, practicando una mendicidad disfrazada en la venta de dulces y goma de mascar. Quien sabe donde estarán sus compañeros que, al menos en las ciudades menores de provincia, eran conocidos como “Josés” por una satírica justicia bíblica.
La independencia económica de la mujer le hace ser menos sumisa y le permite demandar relaciones más equitativas en todos los aspectos. Tan largamente postergada condición ha forzado a modificar los sistemas relacionales de muchas parejas. Los hombres tienen que ser menos machos y más hombres, en el mejor sentido del vocablo, más respetuosos, más fieles, menos “usadores” en lo sexual y más participativos en los deberes familiares, incluso en la crianza de la prole, que tiende a ser cada vez menos numerosa. Tal presión, entre otros factores, ha forzado a difíciles reajustes que, en la resistencia a los cambios, se expresan en los elevados índices de divorcio: el 82% de las mujeres que se separaron legalmente trabajaba fuera del hogar en contraste, entre las que sólo se separaban fuera de un marco legal, sólo lo hacía un 20% (Palacios, 1998).
La familia mexicana, antes extendida y cobijadora, ha pasado a ser nuclear, especialmente en las ciudades. El niño criado por una pareja solamente corre el riesgo de crecer en circunstancias patogénicas en mayor grado que el que contaba con las alternativas de personas adultas dispensadoras de cuidados y afectos. Peor aún, en casos de divorcio, el hijo suele quedar a merced de un progenitor solitario que puede tender a convertirlo en la fuente principal de sus insumos emocionales. Los roles familiares pueden invertirse.
La familia campesina y la recién inmigrada a las ciudades –que naturalmente, tiende a continuar los patrones de crianza tradicionales– cobija dependencias y cuenta con la vergüenza como principal acicate formativo. En cambio, la familia urbana nuclear tiende a favorecer la pronta emancipación, a menos que cuente en su esquema ideológico la necesidad de otorgar facilidades para que los hijos obtengan educación superior; este sistema relacional emplea la culpa como instrumento modelador del comportamiento; es decir, los medios restrictores de lo primitivo tienden a internalizarse en las ciudades. El progenitor solitario, cierto es, puede prolongar la dependencia de la prole, pero no porque intente compartir con ella las pesadas labores de labranza ni para mantener intactas las tradiciones ancestrales, sino en una relación atrapante inspirada en el terror de la soledad. Las organizaciones sociales de antaño tendían a producir sujetos neuróticos, las de hoy personalidades narcisistas y limítrofes. Las menos enfermas de estas últimas categorías diagnósticas suelen adaptarse con gran facilidad plástica a los sistemas relacionales prevalentes en el actual ajetreo urbano y a los medios de trabajo más refinados, como los mercados accionarios y las agencias de publicidad.
Los roles sexuales, antes claramente delimitados, se han desdibujado, para bien o para mal. La llamada Revolución Sexual producida por el acceso a medios anticonceptivos prácticos y baratos, cambió el comportamiento amoroso de la humanidad Pero, si lo pensamos bien, concluiremos que tal transformación fue también uno de los subproductos del nihilismo y el cambio en las aspiraciones del hombre después de la explosión de las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki así como los fenómenos sociales desatados por la Segunda Guerra Mundial. La certeza de que la humanidad puede extinguirse y la irresponsable y creciente destrucción de los recursos naturales desataron una búsqueda de satisfacciones inmediatas; como si la filosofía general se hubiera reducido a pensar: si todo lo que existe es tan efímero, es mejor sacarle el más placentero y rápido de los provechos. La especie humana ya había conocido situaciones extremas, como las invasiones de la antigüedad, las pestes medievales, sismos terribles e inundaciones asesinas. Pero siempre quedaba la esperanza de la salvación, de que uno o su grupo de pertenencia resultaran eximido Con la bomba atómica quedaron sellados los escapes.
En los tiempos que corren la vida amorosa se inicia pronto, a veces demasiado, y ha dejado de tener el significado de compromiso implícito que durante siglos tuvo; por lo menos en la mayor parte de las capas de la sociedad agrícola y las primeras fases de la industrial. Cierto es que la permanencia de la pareja unida era ventajosa para compartir las tareas indispensables para la sobrevivencia y que hoy día esta ventaja ha desaparecido en los centros urbanos, en particular, en los países más industrializados.
La información sobre sexualidad y la indisimulada presencia de escenas eróticas en los programas televisados y en los filmes, han favorecido y son resultado de una nueva moralidad sexual. La frigidez, en el pasado tan frecuente, hoy es rareza. En cambio, las disfunciones sexuales masculinas parecen haber aumentado, tal vez como consecuencia de las exageradas expectativas de capacidad viril que se han generado por las artificiosas escenas eróticas de las pantallas.
La mujer ha dejado de ser pasiva y eso puede angustiar a muchos varones que antes disfrutaban de una posición de supuesta hegemonía coital. El sitio que, durante la vida de Sigmund Freud, detentaba la sexualidad en la generación de conflictos psicológicos hoy parece ocuparlo la agresión. Tánatos deja la impresión de estar venciendo a Eros.
México ha tejido su historia de crisis en crisis. Las económicas han sido una constante. En parte, como lo escribió el ensayista colombiano Germán Arciniegas hace más de medio siglo, porque progresamos “de a debe”. Nuestra pertenencia a la órbita del imperio moderno nos modela en más de un sentido. Consumimos muchos productos estadounidenses, vemos sus filmes y sus violentos programas de televisión. La comparación entre las ventajosas condiciones de vida que reflejan y las nuestras no alimenta optimismos. Sus amplias residencias espléndidamente amuebladas, con bellas piscinas, céspedes bien cortados y rubias bien nutridas, nos llenan de envidia y nos deprimen.
Vendemos nuestros productos al precio que nuestros norteños vecinos imponen y nos mantenemos pobres pagando los intereses de una deuda que sólo se renueva. El no ser gringos lesiona la autoestima de muchos aunque, con frecuencia, intentamos en vano restituirla con desplantes de un nacionalismo ramplón.
Aquel proyecto nacionalista genuino que se asomó a los ojos de las mayorías en los años postrevolucionarios, que proponía la redistribución de los bienes, la educación de las masas ignorantes, el usufructo de nuestros recursos naturales para beneficio colectivo y el encuentro con una mexicanidad que no hemos podido definir, se diluyó en retórica. La amarga realidad reiterada despojó de ideales cuando menos a tres generaciones de mexicanos.
Nuestro esclerosado contrato social y la cada vez más, inequitativa distribución de la riqueza han provocado, no sólo desesperanza, sino fenómenos, como la delincuencia creciente, que nos obliga a vivir atemorizados. La corrupción ancestral ha dado frutos. Para tolerar esa realidad tenemos que echar mano de un mecanismo de negación que nos permita continuar nuestras vidas. Pero tal artificio nos convierte, no sólo en víctimas potenciales, sino que va gestando un cinismo adaptativo.
De eso hablaremos algo más enseguida.

El desaliento del siglo veintiuno
(Notas sobre la psicología del citadino)

Y la ciudad, ahora, es como un plano
de mis humillaciones y fracasos.
No nos une el amor sino el espanto.
Será por eso que la quiero tanto.

Jorge Luis Borges

El valle de México era un paraíso terrenal a gran altitud. Protegido por cadenas montañosas casi a todo su alrededor, lleno de lagos y riachuelos, servía como un gigantesco invernadero para que crecieran toda clase de plantas. La fauna era diversa: garzas que se confundían con lo blanco de las nubes, águilas devoradoras de serpientes, conejos, coyotes, y toda clase de avecillas que llenaban las mañanas y los atardeceres con su gorjeo. Todavía se puede reconocer algo de esa belleza en la pintura de José María Velasco en la cual destacan también, muchos conos decapitados que recuerdan nuestra pertenencia a una zona volcánica. La contemplación de la pareja gigantesca de montañas, con sus eternas nieves coronándolas era prácticamente posible todo el año. No resulta en nada sorprendente leer cuanto les maravilló a los españoles llegar a una enorme ciudad, con bellos templos de deidades terribles, eregida en tan magnífico escenario natural.
Pero los hombres somos la especie animal más destructiva. De ese paraíso, con el correr de medio milenio, logramos construirnos un infierno. Somos una horrenda aglomeración de seres humanos que corremos todo el día como si quisiéramos escapar de esta prisión, pero sin mucho sentido. La parte céntrica, aquella que no hemos alterado demasiado y que conserva los bellos edificios que no han caído en las manos de comerciantes carentes de respeto y de sentido estético, todavía luce grandiosa. El resto, salvo por unos cuantos barrios hermosos y esas zonas residenciales llenas de vegetación y de opulencia, es desastrozo.
Tan penosa transición ha sido dibujada, con gran belleza y dolor, por Fernando Cesarman (1997). Tratemos de escuchar algunos versos:
Vasta cuenca arbolada bañada de aire transparente
era tu silla.
Tenías sembradíos y crecía el maíz,
el nopal,
lagos repletos de agua limpia...

Las flores perfumaban
a esa madre cuidadosa
sentada en lo más alto,
en el trono de nuestro territorio,
descansando en el Ajusco
y en la sierra de Guadalupe
y los pinos se elevaban para jugar con las nubes
y cuidar las generosas lluvias que alimentaban los lagos...

La madre está inquieta
vé a quienes cobija temerosos
en un camino destructivo
no planeado por ella...

Los urbanos moramos en la burbuja opaca del neblumo,
nuestra mirada no viaja al espacio...

El obstáculo del neblumo reduce la percepción del universo
a las imágenes actuales y cercanas.
El concepto del universo
colocado dentro de nuestro pensamiento
conforma otros conceptos,
la mismidad y la existencia,
la sucesión de los cultivos o la presencia de alimento
s
Todo se transformó. La ciudad que, como ya dijimos, era bien habitable en los cuarentas, creció hasta rebasar lo que deberían ser sus límites naturales; las montañas que rodean el espléndido valle, antes pobladas de pinos, zacate y flores, hoy relampaguean de noche y dan pena de día. Como suele ser, las barriadas más pobres, las calles grises, perros grises, personas grises y sueños marchitados, se asientan en los lugares más llenos de peligro y con menor disposición de servicios urbanos. Un gran número de esos conglomerados de casuchas rodean a la ciudad propiamente dicha, la de antes, la que creció por causas naturales. Es un lugar enorme, aunque no es la mayor del mundo pero los mexicanos, tan dados a la hipérbole, así lo proclamamos; tal vez nos sentimos tan inferiores de vivir aquí que compensamos nuestra desgracia exagerando el tamaño de nuestra vivienda.
En cambio, las buenas tierras, donde se asentaron las últimas haciendas sobrevivientes del porfiriato, allí donde los chamacos de los treintas robaban elotes por travesura, se convirtieron en bellos asientos de casas suntuosas y edificios de apartamentos sin personalidad diferencial que recuerdan a un enorme y moderno gueto.
La situación es lamentable y los contrastes dolorosos. La mayor parte de los habitantes de las zonas depauperadas viven aglomerados en casuchas mal construidas o en vecindades que se encuentran en pésimo estado.
Esas multitudes de ojos carentes de brillo vagan, intentando en vano descifrar los signos de su limitado universo, ignorantes del amor más cierto y la intimidad real. En su gran mayoría no cuentan con procesos de pensamiento abstracto que les permitan comprender los complicados símbolos de la tecnología moderna. La pobreza, reiteremos, no es simplemente pertenencia a los límites inferiores de las estadísticas de ingresos; es mucho más que eso, es una invisible y, a menudo, insalvable barrera multiforme que confina en un espacio bien separado de los habitantes que cuentan con alimentación adecuada (y, por consiguiente, con la disponibilidad plena de su dotación genética, en lo físico y en lo intelectual), información, oportunidad y comprensión de los complejos símbolos sociales. El sujeto pobre vive en un universo de perspectivas estrechas, inmediatas y descorazonantes; sus urgencias de satisfactores se reducen a los más cercanos al instinto. Y, por razones que carecen de pertinencia aquí, son los que más se reproducen.
Para dar una idea de lo ocurrido baste mencionar que, en los primeros ochenta años de este siglo, el país multiplicó cinco veces su población, mientras que la ciudad de México creció cuarenta y una. Pero, como lo señaló el eminente soció-logo Claudio Stern (Comunicación personal), resulta paradójico que la ciudad de México, propiamente dicha, ha disminuido su población en los últimos años porque sus habitantes han tendido a emigrar a la zona conurbada y a ciudades cercanas.
Este teratológico crecimiento se ha debido, más que al aumento natural de la población (producto del exceso de nacimientos sobre las defunciones), a la migración, especialmente de las zonas rurales de los estados cercanos al Distrito Federal. Aunque, en los últimos años, los inmigrantes tienden a provenir de áreas urbanas.
Es interesante destacar, como insistiremos más adelante, que los recién inmigrados suelen agruparse por el lugar de su nacimiento (“los paisanos”), en algunos casos por lazos de parentezco, que constituyen una fuerza centrípeta destinada a preservar un sentido de identidad y pertenencia. Pero el ambiente no humano, en especial el entorno natural que fue investido en la niñez con un gran significado psicológico, tiende a persistir como objeto de nostalgia y símbolo desplazado del regazo materno. Esto explica, como tanto ha insistido Cueli (1980), porqué‚ el marginado busca los amplios espacios del tugurio suburbano o las azoteas de la urbe como lugar preferencial de residencia. Cierto es que tales viviendas son las de menor precio, pero cierto es también que se trata de un intento de reencontrar su cielo abierto y su paisaje campestre ante el agobio de la gran concentración urbana.
En las elegantes zonas residenciales, en cambio, viven los representantes de la moderna alta burguesía, todos blancos, la mayor parte de ascendencia extranjera cercana y algunos recién inmigrados de los países europeos o la Norteamérica sajona.
En esta clase, la mimesis alcanza cómicas proporciones por el intento de emular a sus homólogos de los países industrializados. Las familias ricas de las naciones pobres suelen tener bienes y residencias en las poderosas y hacen cualquier esfuerzo para ser reconocidos como pertenecientes a los altos círculos de estas últimas; cosa que, desde luego, les resulta imposible. Al menor síntoma de enfermedad parten al extranjero en busca de asistencia y sólo en casos de emergencia se ponen ropa hecha aquí, aunque proceda de sus propias fábricas. Los compartimentos del equipaje de mano de los aeroplanos en que viajan de regreso parecen una abigarrada tienda de departamentos. Daría la impresión que al traerse tanto, quisieran convertirse en miembros del país donde se realizan compras tan excesivas. Sus fortunas, aunque enormes para sus coterráneos, palidecen frente a la magnitud de la que acumulan los ricos estadounidenses o europeos.
En medio de esos dos extremos están las llamadas clases medias, las que, cuando pelean, no se cambian de habitación sino que, simplemente le dan la espalda a su pareja. Estas clases son las que conservan mejor las tradiciones burguesas del país. Son las más estables, las que suelen cobijar a sus críos con afecto constante y, hasta hace pocos años, las menos proclives al divorcio.
De suerte que, dentro del paisaje humano de esta enorme ciudad tenemos variaciones, como en el resto del territorio nuestro. Pero, a fuerza de buscarlos, podremos encontrar elementos de personalidad comunes. Ya lo hizo Samuel Ramos en 1934 cuando afirmaba, en su “Psicoanálisis del mexicano” (Ramos, 1990, pp. 122-127), que lo más resaltante del mexicano citadino era su desconfianza y precisaba:

La vida mexicana da la impresión, en conjunto, de una actividad irreflexiva, sin plan alguno. Cada hombre en México sólo se interesa por los fines inmediatos. Trabaja para hoy y mañana pero nunca para después. El porvenir es una preocupación que ha abolido de su conciencia. Nadie es capaz de aventurarse en empresas que sólo ofrecen resultados lejanos. Por lo tanto, ha suprimido de la vida una de sus dimensiones más importantes: el futuro. Tal ha sido el resultado de la desconfianza mexicana.

La desconfianza se hermana con la susceptibilidad que, para el filósofo, proceden de la inseguridad. “El mexicano es pasional, agresivo y guerrero por debilidad”. Todo ello se conjuga en hacer del mexicano un introvertido.
El habitante actual de la metrópoli no solamente es desconfiado sino paranoide, y con toda razón. Los índices de violencia y los actos delictivos son de tal magnitud que cada uno tiene que ventear el aire antes de aventurarse a salir. Parecen antílopes de las planicies africanas que amanecen esperando no ser hoy alimento de los depredadores. La susceptibilidad no ha cambiado mucho y somos tan inseguros que no es fácil ascender porque las garras de la envidia atenazan el mejor de los esfuerzos.
Para Ramos el burgués de su tiempo compartía el sentimiento de inferioridad del proletario, pero lo disimulaba con una cortesía a menudo exagerada. Sus manifestaciones agresivas, no siendo las brutales del “pelado” emergían en el ingenio para devalorar al otro hasta el aniquilamiento. “El culto del ego es tan sanguinario como el de los antiguos aztecas”. En esto tampoco se observan grandes cambios. Es excepcional que en una agrupación de citadinos, cualquiera su razón de ser, se escuche un sincero halago o se dé reconocimiento a los méritos del otro. Pero la crítica tiene penetraciones de ácido sulfúrico.
Un elemento que parece unificar a los citadinos es la dilución de identidad. Las aglomeraciones determinan que las personas se confundan y, en cierto sentido, se unifiquen. La mayor parte de los que habitan el valle de México proceden de otras partes pero, con el correr del tiempo, se les desdibujan las originalidades que los hacían pertenecientes a un grupo definido. Todos se convierten en “chilangos”, esos sujetos altaneros, apresurados, sinvergüenzas e indefinidos. Tal vez se intente, de manera reiterada, conseguir alguna identidad supletoria; al fin de cuentas se trata de una necesidad humana que le otorga coherencia al ego. El pobre tiende a identificarse con su barrio, en especial cuando éste ostente rasgos distintivos francos, como Tepito. El rico tiene una forma de vestir, de entonar el castellano con una fastidiosa prolongación sonora de la última sílaba que le permite reconocer a sus congéneres. El marginado, en su escasísimo lenguaje, inventa o deforma palabras para acompañar sus gesticulaciones y los golpes con los que se comunica y enfatiza su paupérrima simbolización. Tal vez algún día un estudiante de fonética nos presente las categorías sociales por sus diferencias en la cadencia.
La ambivalencia con la que los mexicanos percibimos el exterior y nuestro entorno, se manifiesta en la vinculación del citadino con su espacio vital. Es llamativo que, a diferencia de otras grandes ciudades, la de México no cuente con canciones ni poemas, al menos no tantos como las que ensalzan las cualidades de Nueva York, París o Buenos Aires. Ni le cantamos ni parecemos apreciarla; casi todos quisiéramos residir en otro lado, aunque los que han emigrado tienden a regresar por diversas razones. Y, sin embargo, cuando la ciudad resultó herida en 1985 por un terrible sismo, la espontaneidad colectiva en el rescate fue conmovedora.
Algo muy significativo debe haber en un amor que se silencia pero que emerge a borbotones cuando se le requiere.
El mexicano de la ciudad miente a la menor provocación, tal vez para preservar su precaria autoestima. Los niños toman ejemplo de sus mayores en las múltiples ocasiones en que los ven mentir sin sonrojarse e incluso, cuando son requeridos a decir mentiras para encubrirlos, los falsos gestos de cortesía, como un “vámonos reuniendo uno de estos días”, sin el menor deseo de hacerlo, se prodigan. La malade diplomatique se emplea con generosidad para justificar la inasistencia a compromisos sociales engorrosos y hasta para excusar faltas en el cumplimiento de responsabilidades. Los esposos infieles son aconsejados por sus iguales a mentir bajo la premisa de que a las esposas les resulta menos ofensivo un adúltero que un estúpido. Quizás ese mentir tan generalizado sea una forma adicional de corrupción; para empezar las leyes fundamentales y la supuesta estructura gubernamental son una falsedad. Los malos ejemplos cunden fácilmente desde las esferas superiores a las de abajo, de padres a hijos, de gobernantes a gobernados, de maestros a alumnos.
Otro penoso aspecto unificador del citadino es la depresión derivada de compartir democráticamente la contaminación ambiental.
Los habitantes del valle del Anáhuac no miran el cielo para gozar del espectáculo sino para ponderar el grado de infición que se está reflejando en la irritación de las mucosas oculares y respiratorias. Todavía ignoramos las consecuencias que tendrá largo plazo la inspiración de esos tóxicos; pero, con seguridad, no serán favorables. Los niños no conocen otro paisaje; cuando dibujan el cielo usan el color gris. Los geranios palidecen y no cantan las aves sino tosen, las que sobreviven, claro está. A veces, por un milagro de los vientos, volvemos a presenciar el maravilloso azul pálido de lo que fue la región más transparente, pero es tan ocasional que nos parece anomalía. En esas preciadas circunstancias volvemos a admirar a las dos enormes montañas que parecen guardianes de este valle. Por desgracia al Popocatépetl, haciendo honor a su nombre azteca, le ha dado por ser más humeante y a contribuir a nuestra desgracia emitiendo azufre y ceniza volcánica que se suman al ya sobrecargado neblumo.
También lamentable rasgo compartido es la irritabilidad. Se observa en la impaciencia peligrosa de los conductores de automóviles; los semáforos sirven de adorno callejero, especialmente de noche como lo atestiguan las colisiones. El factor más contribuyente en la creación de ese estado de irritabilidad generalizado es la aglomeración que vulnera el territorio personal, invisible barrera que protege la individualidad. La violación del espacio humano es frecuente, se da en las largas filas de los bancos, en las ventanillas para realizar trámites burocráticos, en las taquillas de las salas cinematográficas, en los autobuses atestados y hasta en las escuelas elementales gratuitas en época de inscripciones. La constante irrupción de extraños en ese territorio protector es un irritante que hace que los individuos estallen con frecuencia. La brusquedad de muchos intercambios es una muestra, otra la violencia que explora en algunos roces que ha llegado al homicidio en algún caso. El elevado índice de ruido también afecta.
El otro factor de irritabilidad más destacable es el cansancio crónico producto del vivir en el tráfago citadino; de tener que recorrer, o grandes distancias o cortas pero congestionadas de vehículos. Los trabajadores cuya fuente de ingresos está ubicada a mucho tiempo de translado de su hogar, dormitan en los transportes y, como salen temprano de la casa y vuelven tarde, no tienen tiempo para departir con sus familias sino apenas el justo para reponer parcialmente las energías perdidas.
Finalmente, todas las capas sociales, con una justicia siniestra, tienden a compartir la carencia de afectos. La vida urbana, como ya señalamos, sólo permite la existencia de la familia nuclear; aunque en las zonas marginales persiste la extendida, pero tan degradada en sus valores que no sirve de protector. Hoy día, desventuradamente, el niño que nace en esta gran metrópoli no suele contar con la fortuna de recibir el amor incondicional, constante y organizador que cimenta una salud mental a toda prueba. Quién sabe qué ominosas consecuencias nos depare el futuro. Una gran proporción de mexicanos urbanos crece con abandonos afectivos de diverso grado y estilo: el marginado por las adversas condiciones de su desarrollo, el hijo de la madre que trabaja por el apremio y el heredero de los privilegios porque su padre se halla muy ocupado (si es que todavía persiste en ese hogar) y la madre, acicalándose o en actividades sociales, lo deja en manos de la servidumbre. Pero no debemos olvidar, si deseamos contar con alguna certeza del futuro, que el desafecto y la inconstancia en el amor de los progenitores suele desembocar en alteraciones del comportamiento y egoísmos comprensibles, aunque resulten antisociales.
La humanidad actual es individualista, egocéntrica y voraz; los mexicanos también lo somos, pero le añadimos un ingrediente de rabia, apenas disimulada, producto de nuestras frustraciones.
Si el hombre del presente se encuentra amenazado por tantos imponderables, el de esta nación puede sumarle las adversas condiciones de su historia y su pertenencia a los eufemistamente llamados países en vías de desarrollo.
Todos los signos no nos permiten barruntar una nación mejor y, por desgracia, casi todos coincidimos en que la gran ciudad no podrá sobrevivir; se va a morir de sed y de la falta de otros recursos indispensables. No se vislumbra para el siglo que pronto amanecerá un México mejor ni una sociedad más amable en la cual la mayoría cuente con las condiciones apropiadas que le permitan ver que sus hijos nazcan, crezcan, amen, se reproduzcan y mueran con dignidad y orgullo.
Resumen
En este ensayo se intenta hacer una revisión psico-histórica de México, partiendo de la Conquista. En la estructuración de la compleja sociedad virreinal, pueden encontrarse las raíces de la personalidad del mexicano que son observables hasta el presente. De similar manera durante el período virreinal, se sentaron las bases de las jerarquías y estilo del poder que se manifiestan en la actualidad. Todo grupo humano tiende a repetir sus patrones conductuales y en México la Revolución no fue capaz de modificarlos en lo sustancial. Se analizan los diferentes comportamientos de los diversos estratos sociales tanto en el México Colonial como el Independiente. Al final se describe la conducta de los mexicanos de hoy y se especula en torno a lo que parece predecible para el siglo XXI.
Palabras clave: Psicohistoria, mexicanos.
Summary
This essay surveys the evolutionary course of Mexico’s Psychosocial History as determined by the impact of conquest and foreign domination. In deliniating the contemporary mexican’s personality, many of its origins are traced to the initial, post-military phases of the Conquest when Spain was erecting the foundations for a complex, colonial society. Concomittant with this was the forging of a style of relatedness to power and an intrincate system of hyerarchies that have been perpetuated into modern-day society. Human groups tend towards a stubborn repetition of age-worn behavioral patterns –behavioral patterns which in Mexico even a major revolution wasn’t able of substancially modify them. An analysis is made in this essay of a variety of diverse behaviors as they relate to, and characterize the hyerarchical social strata; reference is made to both, the colonial and independent eras of mexican history. Finally, the behavior of today's Mexicans is described and the speculation around what seems predictable for the XXI century.
Key words: Psychosocial history, mexicans.

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• Psicoanalista didacta del Instituto de la Asociación Psicoanalítica Mexicana.